Esta imagen fue creada con Inteligencia Artificial a través de Gemini
Llevo
años estudiando el fenómeno en el que se ha convertido la delincuencia en
nuestro país y no me refiero solo a la delincuencia organizada que ya ha
permeado los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, haciéndonos parecer por
momentos a México con escenarios que prefiero no detallar. Esto va mucho más
allá de lo social o de lo que sale en los noticieros, afecta la economía,
encarece la operación de los comercios, frena la inversión extranjera, consume
recursos públicos que deberían destinarse al desarrollo y también golpea el
turismo, la imagen internacional y la reputación institucional de Panamá, lo
que muchos ven como un problema de seguridad es, en realidad, una de las cargas
más costosas para el país.
Llevamos cerca de 20 años repitiendo que “vivimos en el país más seguro de la región”, pero esto ya no es verdad y lo sabemos. Vivimos, más bien, en un país donde se gasta más en seguridad que en educación, salud, deporte o agricultura, y ese gasto, lejos de ser estratégico, se ha convertido en una carga pública y privada sin resultados visibles en las calles. Cuando la seguridad deja de ser garantía y pasa a ser autodefensa, el país comienza a perder valor ante sus ciudadanos, empresarios, visitantes y mercados.
IMPACTO EN LA ECONOMÍA NACIONAL
La
delincuencia afecta la tranquilidad, pero también los balances de las empresas,
las proyecciones fiscales y la dinámica económica de las comunidades. Si en
países con características similares representa entre el 3% y el 8% del PIB
anual, en Panamá podríamos estar hablando de entre $2,300 y $6,000 millones al
año. Ese es el costo oculto que terminamos pagando todos en mayores precios,
menos empleo, menos inversión y menor crecimiento.
Es aquí
donde viene lo espeso de la sopa, cuánta competitividad perdemos por no tener
un país seguro, cuánta inversión deja de llegar, cuántos negocios quiebran o
reducen jornada, cuántas personas pierden el empleo, cuántos comercios solo
operan de día porque ya no pueden abrir de noche. La delincuencia de calle ha
afectado barrios, distritos y provincias enteras, y pareciera que a nadie le
importa ver esto con la seriedad que merece.
Cada comercio que cierra antes de tiempo pierde una parte importante de sus ventas diarias, cada empresa que contrata seguridad asume un costo que en muchos casos erosiona su ganancia anual, cada proyecto extranjero que descarta a Panamá por percepción de inseguridad significa menos empleos, menos tecnología y menos recaudación. A eso se suman la caída en productividad por temor, los problemas de movilidad, la desvalorización de zonas comerciales y las inversiones que nunca llegaron o se fueron a mercados más estables.
Muchos
culpan a los medios, otros a los colegios, otros a la pérdida de valores en el
hogar, pero pocos señalan a las autoridades que, sabiendo quiénes son, cuántos
son, dónde operan y cómo se organizan los delincuentes, no hacen lo suficiente
para controlar una realidad que le está haciendo un daño profundo a la economía
nacional. La delincuencia reduce inversión, empleo formal y valor inmobiliario,
y obliga a trasladar costos al precio final de productos y servicios,
deteriorando la competitividad del país.
IMPACTO EN EL TURISMO
El daño
no se queda en la economía interna, también golpea al turismo, uno de los
sectores con mayor capacidad para mover empleo, consumo e inversión. El turista
no escoge un destino solo por sus playas, hoteles o atractivos históricos, también
busca tranquilidad para caminar, movilizarse, hospedarse y consumir. Cuando
aumenta la inseguridad, el visitante reduce su gasto, limita sus
desplazamientos o simplemente decide no venir.
Además, cuando un visitante se lleva una mala experiencia, principalmente por temas de seguridad, no solo deja de regresar, también se convierte en un canal de mala referencia. En turismo, la recomendación vale tanto como la infraestructura, un país puede tener grandes atractivos, pero si el visitante siente que debe andar mirando por encima del hombro y para todos lados como abanico giratorio, pierde competitividad frente a destinos más tranquilos y confiables.
IMPACTO EN LA IMAGEN DEL
PAÍS
La
delincuencia también deteriora la imagen del país, y la imagen de un país es un
activo estratégico. influye en cómo nos ven inversionistas, viajeros, empresas
extranjeras, organismos internacionales y hasta nuestra propia ciudadanía.
Cuando la delincuencia se vuelve persistente y visible, Panamá deja de
proyectarse como un país de oportunidad y empieza a ser percibido como un
territorio con debilidades para proteger a su gente, sus comercios y su
actividad productiva.
IMPACTO EN LA REPUTACIÓN
NACIONAL E INSTITUCIONAL
Si la
imagen es la primera impresión, la reputación es la evaluación que se construye
con el tiempo. Y allí el daño puede ser más profundo, la delincuencia
sostenida, sobre todo cuando se percibe tolerancia, inacción, inoperancia o
incapacidad de respuesta, destruye la reputación del país y de sus
instituciones, la reputación no se recupera con discursos, sino con resultados.
Esta imagen fue creada con Inteligencia Artificial a través de Gemini
UNA FACTURA QUE NO SOLO
ES ECONÓMICA
Es hora
de aplicar correctivos antes de que esto se salga totalmente de control, un
país que destina más dinero a contener los efectos de la delincuencia que a
fortalecer las bases del desarrollo va en dirección contraria. No hay economía
que crezca con libertad cuando ciudadanos, emprendedores y empresas viven bajo
autocautela permanente. No hay competitividad posible cuando el costo país sube
por factores que sí tienen solución, pero que no se enfrentan con la
determinación necesaria.
Espero
que esta reflexión llegue a personas con verdadero interés en hacer que las
cosas pasen y que los cambios se den, porque acabando con la delincuencia de
calle también se golpea la corrupción y se recupera un país con ganas de crecer
y salir adelante. El verdadero desarrollo no se construye solo con
infraestructuras o cifras macroeconómicas, sino garantizando que vivir,
trabajar, invertir, emprender y recorrer el país no sea un acto de riesgo.
Cuando esa garantía exista, Panamá no solo será más seguro, sino también más
próspero, competitivo, respetado y fuerte.
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