Aunque con mucho en mi contra, hoy escribiré sobre el béisbol de nuestro país, y si, es contra mi voluntad, pero ya no puedo más, ya que no había querido hacerlos en mis más de 20 escritos sobre béisbol desde 2017 a la fecha, siempre me centré en escribir sobre béisbol de grandes ligas, sobre records, sobre situaciones del béisbol, reglas y otros aspectos del juego que son de sumo interés. Gracias a muchas experiencias vividas, de conocer y ver la manera en la que se trabaja a nivel profesional y con profesionales hoy haré mi catarsis sobre la “pelota nacional”.
Los que me conocen, creo que con solo el titulo ya podrán imaginar por donde iré, y si, es por allí, y el titulo no es de casualidad, es más bien una realidad, por mucho que queramos disfrazar y decir “que estamos o vamos bien”, no es así, nuestro béisbol NO VA BIEN desde la década pasada, como si fuesen las siete plagas, llegó el cáncer de nuestro béisbol, aunque después de la salida del Ing. Eduardo De Bello (q.e.p.d) y su grupo de trabajo las cosas no fueron las mejores, al menos el cáncer no había hecho metástasis.
La crisis de nuestro béisbol no está en los resultados, no está en la participación internacional, no está en la liga local, ese cáncer está en quién y en cómo se administra, está en lo que hacen para manipular todo el sistema y mantener todo bajo su propio control, está en los acuerdos de sucesión y en las roscas de poder que mantienen en su círculo.
Tal vez muchos que viven de esto no lo dirán no lo entenderán o simplemente están en desacuerdo conmigo, eso lo entiendo, nadie muerde la mano que le da de comer y créanme que los comprendo totalmente, sin embargo, se que muchos saben que en lo que digo tengo la razón.
Nuestro deporte rey, el que nos apasiona y al que le debo mucho de lo que hoy soy y también me ha dado muchas de las personas con las que comparto a diario, el béisbol, en nuestro país fue atacado por una plaga, pero no una cualquiera, es una plaga que como un cáncer lo tomó para acabarlo, sus actores que se creen ser los dueños de todo no han hecho otra cosa más que hacerle daño y parece que quien tenga una idea contraria o sea como yo, un antisistema, se convierte enseguida en su enemigo, cuando aquí los únicos que han ido acabando de a poco con este deporte son ellos.
Cual feudales se creen que el béisbol les pertenece por los siglos de los siglos y que pueden dejar herederos de ello a sus generaciones futuras, y es así como vemos los mismos apellidos desde hace rato metidos en el béisbol y no es más que haciendo lo que les da la gana y donde les da la gana.
Nuestro béisbol dejó de ser un proyecto nacional para convertirse en una finca privada administrada con criterios de exclusión y conveniencia. No se trata de un tema deportivo, ni de resultados, ni del talento (porque talento sobra y lo sabemos) se trata de la estructura que desde hace más de una década dejó de responder a un país y comenzó a responder únicamente a un grupo. Un círculo pequeño, hermético, con sus propias reglas, sus propios beneficiados, sus propios intocables, sus propios “herederos naturales” del poder deportivo.
El problema no es que existan liderazgos, el problema es que esos liderazgos se perpetúan, se reciclan, se blindan entre sí y actúan como si la pelota nacional hubiese sido inscrita a su nombre, como patrimonio familiar, y no como un bien cultural, histórico y deportivo de un país entero. El béisbol, que debió ser escuela, proyecto, semillero y movilidad social, terminó degradado a plataforma de favores, de promesas y de “alineamientos obligatorios”.
Los entrenadores, directivos provinciales, peloteros y hasta personal técnico lo saben, lo comentan entre pasillos, pero callan, porque el sistema está diseñado para eso, para que quien hable, quien cuestione, quien no aplauda como foca, quien no se subordine, quede fuera; y cuando digo fuera, me refiero a fuera de todo, selecciones, ligas, oportunidades, torneos, visibilidad, incluso patrocinios, es un aparato disciplinario silencioso, pero implacable.
La manipulación ya no es sospecha, es rutina, las selecciones no se construyen por mérito, sino por afinidad, los procesos formativos no se evalúan por resultados técnicos, sino por lo dócil que puedas ser, las ligas provinciales no se fortalecen, se condicionan, al punto que hoy se controla quién dirige, quién entrena, quién arbitra, quién comenta, quién integra comisiones, y, sobre todo, quién se atreve a pensar diferente.
En cualquier país donde el deporte es política de Estado, la federación es fiscalizada, regulada y auditada, aquí opera como principado medieval, no rinde cuentas, no transparenta criterios, no abre procesos, no explica decisiones y, lo más delicado, no reconoce sus fallas porque la autocrítica los pondría en riesgo, prefieren sostener el relato de que “vamos bien”, aunque las gradas lo desmientan, los resultados lo contradigan y los peloteros lo sufran.
El béisbol panameño tuvo en su ADN grandeza, carácter, disciplina, épica. Hoy convive con una administración que no cree en el relevo generacional, que ve amenazas donde hay talento, que confunde liderazgo con propiedad y que interpreta la discrepancia como traición. Han convertido el deporte más noble de este país en una estructura rígida, intocable, blindada, que expulsa a quien pretende innovar, modernizar o sacudir el status quo.
Y mientras tanto, los técnicos formados, los peloteros con criterio, los profesionales que han visto el béisbol desde Estados Unidos, República Dominicana, México, Puerto Rico, Japón o Corea, regresan a Panamá con el deseo genuino de aportar, solo para encontrarse con el muro, un muro de egos, de controles, de silencios impuestos, de “usted no entra porque no es de los nuestros”.
Ese es el verdadero cáncer, no la derrota deportiva, no la eliminación internacional, no el mal inning ni el bullpen fallido. El cáncer está en la administración que se aferra, que no suelta, que no renueva, que no permite oxígeno, que cree que esto solo les pertenece a ellos y que es un derecho hereditario.
Y sí, quienes vivimos el béisbol desde el terreno, desde el dugout, desde la academia y desde el desarrollo de peloteros, sabemos perfectamente dónde comenzó la metástasis, aunque no lo digamos con nombres, no hace falta, el país sabe, la fanaticada sabe, los peloteros lo saben mejor que nadie.
El béisbol panameño no necesita una nueva generación de peloteros (la tiene) necesita una nueva generación de dirigentes, de administradores, de gestores, de gente que entienda que la pelota no les pertenece, que les fue confiada; que el país no necesita dueños del deporte, necesita servidores del deporte, y que el béisbol, si se salva, no se salvará desde adentro del círculo, sino desde afuera, con aquellos que hoy son considerados problema, disidencia, ruido, cuando en realidad son la única esperanza de que volvamos a tener un béisbol digno, porque el béisbol no es de ellos, nunca lo fue, ellos son el cáncer de nuestro Béisbol.
Excelente escrito, sobre la realidad que se vive en el béisbol Panameño que va más allá de los resultados, la forma de cómo se administra y quién piensa diferente simplemente no tiene cabida, los años pasan y duele ver como nuestro béisbol a en retroceso. El que quiere ver lo que queda de béisbol en Panamá que venga por qué ya se está acabando!
ResponderEliminar